
Ese momento tan inexplicable, tan difícil de rastrear y de provocar. Vivirlo y disfrutarlo es mucho más placentero que teorizar sobre él.
Recuerdo que una vez escuché una historia sobre cómo Dalí plasmaba en sus pinturas esa sensación de sueño y vigilia al mismo tiempo: preparaba todos sus implementos sobre una mesa, ubicaba el lienzo, y se sentaba al frente. Justo delante de sí ponía una serie de copas, y así esperaba el sueño. Sin darse cuenta, se quedaba dormido, y al relajar los músculos su cabeza se inclinaba, hasta llegar al punto de caer sobre las copas y quebrarlas. Con el impacto se despertaba, en el momento exacto en que había comenzado a soñar. Y entonces, lo maravilloso: su inspiración afloraba, proveniente directamente de su subconsciente. O por lo menos eso era lo que él creía. O lo que creía la persona que me contó esta historia. Aunque años más tarde supe que la historia original era esta, y su fin consistía en generar imágenes hipnagógicas, creo que en sí mismo el relato que me contaron se encuentra inspirado por las imprecisiones ficcionalizadas propias de cada loco o loca que escribe.
Pero, independiente de si se utiliza una técnica o no, ¿qué nos pasa cuando nos inspiramos? ¿Con qué emociones lidiamos?
El poeta Juan Gelman afirma que "No necesariamente el dolor es el motor de la poesía". ¿Qué crees tú?
Aquí, algunos que comentaron en menos de 140 caracteres:
@soy_imaginaria: No creo que sea necesario el sufrimiento para escribir, pero en esos momentos uno esta mas predispuesto a hacerlo.
@victoreyesg: La poesía sale de sentimientos poderosos como tristeza y alegria. Para escribir hay que estar en los extremos.
@twiCKter: El dolor y el amor son los grandes motores.
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